¿Como está el servicio?

Hace un tiempo, para ser exactos, en la España acomoda de hace veinte o treinta años, esta pregunta antojaba transformarse en exclamación. Y no sólo eso, sino que estaba envuelta en un tono altisonante de clase burguesa que denotaba quejumbre hacia los inconformismos o desmotivación de su chacha o personal de servicio, en un alardeo indirecto de denunciar que las cosas ya no son como antes.

Y desde luego que ya no lo son. Pero no me refiero a la abolición de la esclavitud a finales del siglo XIX, sino a la transformación del concepto de servicio doméstico que desde el siglo pasado hasta nuestros días se está produciendo. Chacha, niñera, aya, orzaya, rolla, rollona, tata, cinzaya, niñera… tantos términos para nominar a una figura, habitualmente femenina, que trabaja en un domicilio distinto al suyo y que obtiene un sueldo por funciones de limpieza, planchado, cocina, cuidado de niños y un etcétera tan largo y variado como necesidades o caprichos tengan los señores de la casa. Eso también ha cambiado. Señor, señorito, señorita, amo, señora… el término se sigue usando a veces, y a gusto del consumidor, pero ni mucho menos sigue albergando el tono aristocrático y de alta alcurnia que antaño.

Los tiempos han cambiado y el servicio domestico también. Si bien antes tener servicio era una necesitad más útil para posicionarse en la cúspide de la pirámide social que para tener en casa más brillo en los cristales, hoy sin duda, en algunos hogares es una necesidad vital. Necesidad para poder seguir trabajando, necesidad de que el gigantesco colectivo de personas mayores de 65 años puedan ser atendidas en su residencia habitual (la suya, la mejor), necesidad de respiro -merecida y recomendada- para familiares de enfermos y dependientes.

Aunque es verdad que un minoritario colectivo de aristócratas, burgueses y adineradas familias pueden seguir permitiéndose, ajenos a los tiempos que corren, una buena plantilla de servicio doméstico, el grueso de la población española ha necesitado aprender muy rápido –y porque no quedaba otra- unos modelos de ayuda externa distinta a la ofrecida por los familiares de primer grado que han sido importados sin ningún sentimiento de superioridad, culpa o vanidad. Sobre todo porque se financia desde nuestros bolsillos y se parte del salario de un trabajador por cuenta ajena o propia no demasiado boyante en términos de despilfarre. Resulta una paradoja en muchos casos que para poder seguir trabajando se tenga que echar mano de una cuidadora en régimen externo o interno. Un verdadero lujo de antaño impuesto al proletariado como un bofetón por parte de su autonomía y de su voluntad, pero una realidad muy necesaria.

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